lunes, mayo 19, 2014

Desterrado

Vivir es apasionante cuando se sueña el futuro al tiempo que pisamos firme en el pasado.

De esto saben mucho los paleoantropólogos, historiadoes, sociólogos y hasta biólogos y matemáticos. El legado de nuestro pasado no solo es valioso, sino esclarecedor.

La aventura humana apenas comienza. Hace unos doscientos mil años un puñado de nuestros antepasados abandonó África; pero el planeta ya tenía cuatro mil quinientos millones de años de antigüedad.

¿Por qué esta reflexión?

La NASA y otras agencias espaciales han recortado drásticamente sus presupuestos de exploración espacial, afanados en gastos bélicos. Ahora sabemos que sí estamos solos, no porque no haya vida en otros planetas, sino porque los pacifistas sentimos que perdemos el tiempo.

En vez de detener las causas del calentamiento global, los "científicos" buscan crear una "sombrilla" de escombros entre el Sol y la Tierra para atenuar el calentamiento causado por los rayos solares. ¿Conocen los potenciales efectos negativos de tamaña osadía? ¿Le pidieron permiso a quién?

La fertilidad humana va en descenso lento pero sostenido; tanto así, que el 3% de las parejas en Francia requirió de inseminación artificial y otros métodos para tener descendencia en el 2010. Conozco un demógrafo que asegura que la Naturaleza está tomando las medidas que no debimos adoptar nosotros para controlar la explosión demográfica, la cual agotará los recursos del planeta, el cual solo puede dar cabida a nueve mil millones de humanos antes de colapsar. Pero por allí anda un ejército de especialistas en fertilidad, haciendo parir dos, tres y más hijos de una sola vez a las parejas "infértiles".

Muchos ecologistas hacen extensiva la desusada tesis del "buen salvaje" hasta los animales, y nos quieren hacer creer que, en estado natural, su existencia es paradisíaca. Allá afuera, la Naturaleza es implacable con ellos. La realidad es que nuestros primos los primates, por poner un ejemplo, tienen miles de años camino a la extinción debido a su estrategia de tener menos crías, pero mejor cuidadas, apostando porque sobrevivan gracias a estos cuidados. La extinción de algunas especies y la aparición de otras nuevas, es un proceso natural. Pero, este no es el caso de los balleneros, asesinos que, en busca de lucro, cazan ballenas sin importarles un bledo que estos animales majestuosos hayan nadado libres en los oceános millones de años antes que nosotros pusiéramos el pie en la Tierra.
La existencia humana es un breve chispazo ante los siglos y eones de existencia del Universo. Pero aquí estamos, amando menos de lo que deberíamos y odiando en exceso. Aún confinados a nuestro pequeño planeta azul, lo tratamos como a un bien desechable, odioso.
Creo que aún estamos a tiempo de ser lo que debemos ser, y no lo que hemos sido hasta ahora.   

martes, abril 01, 2014

Cuentos Blogueros II

De joven, él había cultivado la consecución de una personalidad cautivadora, magnética. Siempre había pasado desapercibido; incluso algunos de sus condiscípulos aún hoy le recordaban como caca de perro: cuando adviertes su presencia, por lo general es demasiado tarde. Pero él tenía una fuerza de voluntad -motorizada por experiencias negativas- a toda prueba.
Pronto aprendió a halagar en la medida justa, a fanfarronear con quienes creía un peldaño abajo, a hacerse la víctima para ganar lástima mejor de lo que Lassie se haría la muerta.
Y funcionaba.
¡Vaya si funcionaba!
Copió la temática y la semántica de los nuevos escritores, se mudó a la capital y, entre halagos, compadrazgos y calcos, consiguió trabajo como corrector del principal diario del país.
Joven y ambicioso, la intimidad del trabajo le permitía acariciar la pluma de los escritores de moda. La multitud de errores que debía corregirles le sacó punta a su ego, ya de por sí hipertrófico en el miedo a la caída.
Un día, abrió un blog.
Lo primero que hizo fue notificar a ciertas personas del acontecimiento.
"A los escritores cultos, para que me descubran", se decía en su delirio. "A mis amigos, para formar una mafia que se pague y se dé el vuelto; y a los serviles, quienes están por debajo de mí, para tener público."
A los pocos meses, la escritura enrevesada -obra de esculcar las letras borgianas, de espaldas a cualquier manual de estilo-, las citas célebres y el círculo culturoso de amistades de momento, fueron dando frutos. Empezó a escribir relatos cortos. Al año, intercambiaba premios entre compañeros del diario. Hasta se casó con una periodista algo mayor que él, a quien un carácter innecesariamente recio y una granítica percepción de la vida la mantenían soltera pasados los cuarenta. Inicialmente, ella fue su fanática número uno y su secuaz silente. Pero solo al principio.
Con el tiempo, su esposa se percató de la máscara con la cual se había casado. A quienes lisonjeaba, no tardaba en criticar amargamente apenas abandonaban el recinto. Sentía que los lisonjeros buscaban bañarse en el océano de su gloria, y los odiaba por eso. Maldecía en privado a los autores que copiaba, para luego escribir sobre ellos apologías rayanas en la adoración.
La esposa optó por una venganza tangencial: se hizo de varios pseudónimos blogueros, y empezó a escribirle en su blog a él con comentarios ambiguos, serios, no siempre aduladores.
Él, por su parte, y en respuesta a los comentarios de blogueros que no le rendían pleitesía, decidió llevar la escisión de su personalidad a un punto cumbre, abriendo un segundo blog, diseñado única y exclusivamente para destruír cuanto odiaba, sin percatarse que había oficializado con su segunda rúbrica en Internet, la guerra imposible de dos mentes en el campo de batalla de un solo cuerpo. Abandonó su blog inicial para atacar a todos los que odiaba, que eran demasiados. Fue bloqueado, insultado y censurado, lo cual aumentaba su resentimiento.
Los milagros son así. Hasta con la peor intención, ocurren.
En su segundo blog, a pesar de la bilis derramada, un estilo literario puro, innovador, de altura, fue naciendo. Las narraciones en tercera persona desaparecieron, fallecieron los adjetivos floridos y los verbos pasivos, así como los adverbios (la parte de la oración que modifica la calidad del escrito).
Yo mismo caí en ese, su segundo blog, por casualidad y, aún en medio de la pesada carga de dolor que arrastraba, me dejó impresionado la calidad del escritor.
Hoy puedo verlo, de regreso a su tierra natal, sentado en el pasillo de la clínica en la cual trabajo, esperando con la mirada al piso por su turno en el diván del psiquiatra. Sus labios se mueven narrando novelas escritas con la tinta del delirio. Solo, sin ninguna esposa que lo acompañe, sin acólitos, sin detractores.
"El genio es frágil en la misma medida que la ignorancia es robusta", quiero oír al pasar a su lado.

jueves, noviembre 29, 2007

Figaro y el Poder

El poder establecido a veces se avizora inmenso, se percibe indestructible y eterno. Sobre todo el poder que se nutre del mayor temor: la capacidad de causarnos dolor, bruto y desnudo.

La historia de la humanidad está plagada de ejemplos, y todos los poderosos y su reino han quedado reucidos a nada.

Si bien Einstein colaboró, junto con Enrico Fermi y Leo Szilard a desarrollar el poderío atómico que desembocó en los infelices bombardeos a Hiroshima y Nagasaki, este trío es recordado más bien por sus contribuciones a la paz de la ciencia -el verdadero campo de los sabios- que por sus dislates atómicos. La memoria, a veces, es justa, y sabe pasearnos por el jardín debido.

En esta ocasión quiero referirme a la forma sutil, imperceptible, que marca el inicio de la espiral descendente de la tiranía. Y la comparación que hago con un trayecto en espiral no es fortuita: Mientras van en barrena, los tiranos suelen acercarse a quien los observa caer, a quienes les da la impresión que se fortalece el villano, solo por verlo de cerca cuando en realidad, va en caida libre.

Podría, y me siento tentado a ello, dar algún ejemplo actual, pero tengo dos desventajas. Primera, que no puedo relatar el final, pues la espiral aún no se detiene. Segunda, que mi espíritu deciminónico me hala hacia otros prados.

Allá voy.









Existe un personaje histórico al cual no lo podría concebir ni la más delirante de las fantasías:
Pierre-Agustin de Beaumarchais, quien, entre tantas correrías y aventuras que ni Marco Polo pudo igualar, compuso, a finales del siglo XVIII, un trío de obras de teatro protagonizadas por un tal Fígaro. El contenido de sus obras era tan inaceptable para las monarquías que, en Francia, su país, tardó cuatro años en conseguir estrenar la primera, con un despótico Luis XVI y sus sabuesos al acecho.

El genial compositor Mozart, siguiendo las tendencias de la época, y en base a un libreto de Lorenzo da Ponte, da vida al personaje de Beaumarchais en su ópera bufa, Le Nozze di Figaro.

Los aires revolucionarios se olían por doquier, con los francmasones como sociedad secreta y conspiradora. El emperador José II de Habsburgo había prohibido la comedia, por considerarla sediciosa y -en efecto lo era- una burla contra la monarquía.

Mozart y Ponte tuvieron que censurar un acto completo y muchos diálogos de Las Bodas de Fígaro. Pero los censores siempre son de ánimo febril y cortos de mente, y una pequeña frase se coló y bastó para encender la mecha de la rebelión contra la tiranía.

En la obra, cuando el conde de Almaviva pretende ejercer su derecho de
pernada sobre Susana, la novia de Fígaro, y este, personificado por un barítono, replica (En italiano en el original de la obra): "Conde, condesito, podéis ir a bailar, pero yo tocaré la tonada..." , el público prorrumpía en vítores y consignas antimonárquicas.

La censura había actuado contra la obra de Beaumarchais, la cual era más explícita: "No, señor conde, no podréis poseerla, aunque sois un gran señor, porque os creéis un genio. ¡Nobleza, riqueza, honores, poder! ¡Orgullo del hombre! ¿Qué habéis hecho para merecer semejantes privilegios? Tomarte la molestia de haber nacido, apenas."

Tres años después de la famosa aria de Mozart, estalló la Revolución Francesa.

No quiero decir con todo esto que la ridiculización de las monarquías en un fragmento de una ópera bufa desató las revoluciones del siglo XVIII. Sería una ligereza y una reducción de la Historia.

Pero el "Conte, contino..." fue el inicio del lento pero inexorable descenso en espiral.

domingo, noviembre 25, 2007

La Verdadera Herramienta






El inmigrante italiano Simón Rodia llega a los Estados Unidos a los doce años de edad. Durante su largo y penoso periplo hacia el Oeste, el joven Rodia, trabajando de albañil, sobrevivió el terremoto de 1906 en San Francisco. A partir de allí, cayó en un alcoholismo severo, el cual amenazaría su subsistencia. Pero superar ese obstáculo no sería el mayor reto de su vida. Le aguardaba uno más allá de toda imaginación.
Reaparece en 1921 completamente sobrio, y empieza a construir, sin razón ni concierto, y en el jardín de su casa al sur de Los Ángeles, nueve esculturas con materiales de desecho: argamasa, vidrios rotos, trozos de cerámicas, alambre de gallinero, conchas marinas y vías de ferrocarril. Muchos de los materiales eran suministrados por los niños del vecindario.
Sin mayores conocimientos formales que los de un obrero, osó alzar dos de sus torres más allá de los veinticinco metros sobre el suelo.
En 1954 concluyó las hoy llamadas Torres de Watts y, entregando las llaves a un vecino, se marchó sin mayores explicaciones.
Durante los 33 años que duró la construcción, trabajó solo: "Porque casi nunca sabía lo que estaba haciendo", declaró.

Como era de esperarse, más temprano que tarde el Departamento de Construcción de la Ciudad dictaminó que las torres eran inseguras, e intentaron derribarlas, fracasando estrepitosamente para bien de todos.

Hoy pueden verse erguidas, como un monumento a la habilidad del hombre, a su deseo de permanecer más allá de lo utilitario, gracias a la voluntad férrea que mantiene el músculo tirante cuando todo, todo, te aconseja desistir.

Salud, Simón Rodia, dondequiera te encuentres.

lunes, noviembre 19, 2007

José Saramago y Nuestra Ceguera


El libro Ensayo Sobre la Ceguera, de José Saramago, es el relato de una situación extrema: una epidemia de ceguera altamente contagiosa, la cual termina siendo la justificación para plasmar la falta de solidaridad del ser humano y la inutilidad de todos los alcances culturales y tecnológicos, lo cual nos hace encarar la ceguera final: la del retorcido egoismo.
Los puntos fuertes de la obra son el suspenso in crescendo, la sensación opresiva en la cual el autor envuelve a sus personajes (Adoradores de Barney: abstenerse de leer este libro) y el manejo psicológico impecable de nustras más bajas pasiones.
Las no pocas debilidades son: Primero, el prescindir de la mayoría de los recursos de la escritura, como son los guiones de diálogos, los puntos y aparte, las comillas, los paréntesis y un largo etcétera. El autor me parece que peca de ególatra y me lleva a una lectura innecesariamente pesada; todo por un arranque al mejor estilo del David bíblico, quien desdeñó armadura, lanza y espada por una honda para medirse contra Goliat. En mi caso, el respeto al lector debe ir antes que el ego; miren que el respeto escasea mientras el ego campea. Segundo, el narrar en tercera persona la mayor parte de las veces para luego, en algunos pasajes, echar mano de la primera persona, solo añade confusión a un texto ya de por sí pesado por la razón antes expuesta. Tercero, el no darle nombres propios a los personajes, que resulta ser una simpática novedad, termina volviéndose contra el escritor, pues todos recordaremos finalmente a la ceguera blanca, y muy pocos al Viejo de la Venda, por ejemplo.
De cualquier manera, este excelente escritor cuenta con el Premio Nóbel de Literatura 1998, patente de corso para mandar al traste con cualquier crítica, y a un sitio peor al crítico que ose tocar a estos héroes modernos investidos con la égida de un premio, una medallita, un aplauso colectivo.
Oso darle un pírrico 3 sobre 5 posibles.

lunes, noviembre 12, 2007

Noche Estrellada, de Van Gogh



Sombras y fantasmas
articulan el pueblo.
Estalla en giros,
 la fiesta en el cielo,
danza de Luna y luceros.
Pero hay algo terrible,
oculto, en el ciprés
que alza en plegaria
cada uno de sus oscuros dedos.
Sus palabras rompen
hechizado baile
de once estrellas y cortejo.
PROTHEUS.
En su juventud, Vincent Van Gogh renuncia a cualquier valor material y se dedica a evangelizar a los más pobres, convirtiéndose él mismo en una especie de mendigo cargado de fe.
¿Está su pintura posterior signada por ese misticismo?
"He aquí que he tenido otro sueño: me pareció que el sol, la luna y ONCE estrellas se postraban ante mí". Génesis, 37,9.

martes, noviembre 28, 2006

Historia Médica VIII

I

El vaho de las montañas que se desperezaban inundó los pasillos del Hospital.
Temprano, como siempre, el Médico Interno enfiló sus pasos hacia la primera sala de enfermos, acompañado por la enfermera de turno.
Allí, en una cama protegida por un mosquitero blanco, reposaba su paciente más importante: un gigante con una anomalía cromosómica - tenía un cromosoma sexual Y de más - que lo hacía superior físicamente y con una agresividad fuera de lo común.
El Médico hacía su pasantía por Cirugía Plástica y, entre otros casos menores, le habían asignado éste. Se trataba de un hombre que había degollado con un cuchillo de cocina a toda su familia y luego le había prendido fuego a la vivienda para, finalmente, intentar degollarse a sí mismo, lo cual no pudo concretar.
Verlo resultaba impactante, pues la mitad posterior de su cuerpo estaba quemada, y en su cuello podía verse una fina herida suturada que atravesaba su garganta como un ciempiés hibernando. La única vida que revelaba su rostro la aportaban sus ojos, inquietas lagunas de brea en un desierto de granito.
El Médico saludó al paciente sin obtener respuesta.

Médico y enfermera fueron retirando las gasas parafinadas que cubrían las quemaduras, para dar inicio al ritual del baño diario en la tina de quemados.
Entre ambos pasaron al paciente a una camilla y lo llevaron a un área privada, empezando a sumergirlo en la tina.

El gigante se dejó hacer, mientras su cerebro, embotado por sobredosis de calmantes oía voces lejanas que se iban materializando...

(Lasodioatodasodioatodosyquieromorirmelasvanapagartodasjuntas)

La enfermera captó la seña del doctor, quien le pedía el cepillo para retirar flictenas (ampollas); a pesar que el Médico lo hacía con sumo cuidado, el procedimiento era siempre doloroso, por lo cual el paciente estaba impregnado de opiáceos.
El Doctor empezó a restregar al paciente, con paciencia y delicadeza.

(Quientecreesparahacermedañotevoyamatar)

De pronto, con un gran chapoteo y movimientos violentos, el paciente empezó a convulsionar, tomando desprevenidos a sus curadores.
En medio de la confusión, el gigante se deslizó del borde de la tina, sin sustentación alguna, hacia el fondo. Pero, mientras se hundía, una de sus manos emergió y aferró al Médico por el cuello, quien sentía una tenaza de acero que le iba haciendo perder el conocimiento. Ni con toda la fuerza de sus brazos podía zafarse mientras era arrastrado de cabeza hacia la tina.


II


Fue necesario el concurso de dos personas más para liberar al Médico y llevar al paciente hasta su cama.
Ahora, alrededor del lecho estaban el Interno y el Jefe de Cirugía, conversando.
- Entonces, ¿no crees que haya sido adrede?
- No -respondió el Interno-, yo creo que intentó asirse de algo para no ahogarse, y se encontró con mi cuello.
El Cirujano miró al paciente, el rostro perdido, la mirada encendida.
- ¿Se siente usted bien?
Los ojos del paciente se fijaron en los del Interno, y le dijo queda pero fríamente:
- Lo sé todo sobre tí.
El Interno se sobresaltó.
-No le entiendo. Yo...
- Lo sé todo: dónde vives, el nombre de tu esposa, de tu hija, el colegio donde estudia...
Los dos Médicos parecían personajes de un museo de cera mientras el hombre continuaba su discurso.
- Todos estos días hablando mientras creía que yo dormía; pero lo estaba oyendo todo. Cuando salga de aquí, le haré una visita, Doctor. A usted, a su esposa y a su hija.
El cirujano recobró la movilidad con agilidad felina.
Sin mediar palabra, tomó una inyectadora y la clavó en la tapa de goma de un frasco que decía Insulina. Retiró del frasco 20 cc de líquido transparente.
El paciente estaba terminando una frase:
- Me voy a divertir mucho con ustedes.
- No lo creo- dijo el cirujano mientras introducía la aguja en el catéter del paciente y empujaba el émbolo de la inyectadora hasta el final, llevando varias veces la dosis letal de insulina al cuerpo del paciente.
Mientras el gigante agonizaba, el Cirujano miró al Interno, quien tenía la cara desencajada por el horror.
- Hijo, acostúmbrate. Todo Médico lleva una carga inmensa de dolor en su vida: el dolor compartido de los pacientes, el de las cosas que no nos salieron bien, el de la incomprensión de quienes nos juzgan a la ligera, el de la soledad de estos pasillos. Pero hay un dolor que no tenemos que tolerar: el de los malagradecidos.
El Cirujano pasó el brazo sobre el hombro de su alumno y se lo llevó lejos de la sala.
Afuera, en los pasillos del Hospital, el Sol barría la bruma soplando luz por doquier.


domingo, noviembre 26, 2006

Nueve Semanas y Media

Hace veinte años se estrenó esta película en mi país, con gran revuelo.
Con dos símbolos sexy del momento, Kim Basinger y Mickey Rourke, y una banda sonora de excelente factura, con un Joe Cocker raspando con voz de lija You can leave your hat on, canción que quedó grabada en mi memoria como melodía para strip-tease, pole bar incluida.
En una gesta que pretendía ser puro sexo, Jhon -yuppie de Wall Street- embarca a la vendedora de arte Elizabeth, joven divorciada, en una jornada de complacencia de los sentidos.
Pero decir que el asunto fue puro sexo necesitaría dejar el cerebro y el corazón - la mitad superior del cuerpo, pues - fuera del acto sexual. Elizabeth desea amor, compromiso, consiguiendo solo sumergirse en una vorágine de dominación con un individuo egoísta y frío.
Elizabeth tiene que decidir entre permanecer o comenzar de nuevo.




Película con fotografía esteticista a la mejor manera hollywoodense, quedó relegada al recuerdo de ciertos momentos, como las escenas con alimentos de diversa índole o la sesión de sexo en un sótano húmedo, y no por su guión.
Sin ser una obra maestra, marcó el imaginario colectivo de los ochenta.

Y tú, lector...

¿La Recuerdas?

lunes, noviembre 20, 2006

Barcos de Fuego



Tu palabra.
Mi palabra.
Y nada más.
Tal vez
somos extraños
frente a una pantalla
de mentiras y ensueño.
Tal vez
la luz se escapa,
tonada de organillero:
burla y nostalgia,
bits sin tiempo,
teclado que ya quisiera
fuese tu cuerpo.
Doblar tus palabras,
hacerme su dueño.

Así, esclavas
dirán lo que deseo.
No tengo miedo.
Es el ancla que frena todos mis anhelos:
pluma negada a las aventuras
y a su desvelo.
Pero apareces tú,
inocente y culpable,
borrando la estela que marcaba el rumbo,
guindando estrellas
de tinta,

haciendo remontar
el cometa inflamado

de mi olvidada juventud.
¡Y levo anclas,
velas henchidas en el vientre y en el pecho!
Llegaré hasta tí,
me perderé para encontrarte,
encallaré en la magia de lo posible,

promesa sin rivales,
barcos de fuego.

lunes, noviembre 13, 2006

LA OBRA MÁS GRANDE

Soy el biógrafo del más grande escritor desconocido de todos los tiempos en lengua española. Sí, ni más ni menos. Pero vamos por partes, que no juego a las hipérboles. El título del personaje puede parecer rimbombante o, cuando menos, exagerado.
Pero no lo es. ¿Cómo llamaría usted a un escritor que haya vendido más de ochenta millones de libros en nueve años bajo distintos pseudónimos? Yendo más allá: lo hizo sin una aparición en público, sin autógrafos, sin acudir a editoriales y sin anunciarse al peor estilo de los egos ciegos: "Compre el nuevo thriller del autor de 'Crónicas Alteradas'". No, nada de eso.
No lo necesitó.
Julián Rodríguez Madrid escribió cuarenta y una obras literarias, entre novelas y poemarios, usando otros tantos pseudónimos.
Llevo la mitad de mi vida siguiéndole la pista, atando cabos, comprendiéndolo, aprendiendo su metalenguaje y su filosofía de vida. Jamás usó una palabra de más, jamás una de menos. Fue un escritor quirúrgico y aséptico. Tengo la recopilación de todas sus obras, comentadas por mí, por supuesto; y además comentada por todos los literatos "educados" que analizaron su obra por separado, sin saber quién era el espíritu tras los nombres de mampostería.
Pero yo sí que lo sé.
Este hombre fuera de lo común, que estudió las letras viviendo sumergido en ellas, sin nunca contaminarse con la opinión de profesionales en el arte de agradar al cliente y no de ser instrumento de la palabra, me ha dejado, sin embargo, con una obra póstuma que viene a ser - y aquí, en el colmo de la sinrazón, he apoyado mi opinión en las bases robustas e inútiles de los más grandes escritores de la nación, quienes están atónitos con el manuscrito, y han estudiado hasta el cansancio la obra, la cual me obliga a converger con ellos, en que representa lo más puro de las letras castellanas y de cualquier idioma - la más ardua empresa que pueda tocarle a un hagiógrafo de las letras.
El libro en cuestión lo conseguí, casi perdido, en una biblioteca del centro de la ciudad, un día en el cual buscaba perezosamente artículos de periódico sobre El Hombre Feliz, el libro que creía era el último del insigne Rodríguez Madrid.
El artículo decía: "La metáfora del hombre llevada a encarar la solitaria realidad de su existencia, una mancha efímera en la página de la literatura, es abordada magistralmente...".
Soy alérgico a los adjetivos superlativos; si van seguidos de más de un adverbio, siento lástima por los lectores, y desearía colocar un anuncio encabezando el escrito donde se advierta sobe lo dañino del espécimen. Por ello, abandoné la lectura para pasearme por los pasillos cuadriculados por sombras de recuerdos, cuando mi mirada fue atraída por un libro de tapa dura, en cuyo lomo se desdibujaban letras de oro que alguna vez, quizás pudieron ser leídas. Era un tomo del color del vino tinto, puesto en ese sitio con premura, sin orden ni concierto.
¿Cómo supe que era de Julián Rodríguez Madrid? Pues, quien tiene treinta años recopilando su obra, su pensamiento y su vida, no necesita autenticadores.
Tomé el tomo sin solicitarlo y... lo robé.
No se tome este acto mío a la ligera. No solo estaba preservando una obra del nuevo fundador de las letras, sino que el azar, o su primo dictatorial el destino, habían unido a esta obra impar con la única persona que podía entregarla al mundo sin deformaciones.
Tuve que evitar el deseo de correr para llegar a mi casa. Una vez en ella, me senté a la luz de mi lamparita halógena y abrí cuidadosamente el libro.
Por supuesto que no tenía firma.
Pero ya en su primera página, supe que estaba ante la obra maestra con la cual ni el escritor más ególatra soñaría en escribir: Ante mí, tenía una página en blanco impoluto.
¡Qué maestría! Rodríguez Madrid había llevado, sin escribir una letra, a cimas insospechadas el uso del idioma. Entendió la vida que existe en los espacios en blanco, entre las letras negras y pesadas que conforman las palabras, pero que son su alma invisible, su esencia, y lo plasmó, no en una, sino en casi mil páginas de silencio y espacio infinitos.
Horas estuve contemplando esa primera, magistral hoja, viendo las sombras de los árboles que señalaban con dedos sin luz, sobre ella, sin mancillarla. La interpreté con reverencia, y me sonreí, porque yo podía construir a mi antojo letras encadenadas en oraciones que eran al mismo tiempo hechura de este biógrafo de medio pelo y del gran escritor. Yo podía escribir sin tomar la pluma, mientras él, desde la tumba, dictaba.
No desvarío. Esto le ha ocurrido a todos y a cada uno de los poetas y novelistas que han estudiado esta obra.
El autor, por fin, había logrado con este libro estar por siempre fuera del alcance de críticos mordaces, halagüeños o conocedores. Al mismo tiempo, nadie podía citarle para justificarse o engrandecerse. Había, sin mover la pluma siquiera, anulado el núcleo de todo lo que es odioso en la literatura, y abría las puertas de lo que sería el movimiento más fructífero para la lengua y el intelecto: el abstenerse de escribir. Miles de escritores con libros publicados abjuraron de sus letras, hicieron votos de no tocar una pluma nunca más, ni para firmar un documento siquiera, y se dedicaron a hacer largas colas para tener el privilegio de admirar esa primera página perfecta del libro de nuestro bienhechor.
Recientemente, una delegación de sabios asiáticos estudió varias páginas del libro, y declararon, por el estudio demiúrgico de la simetría vertical no convencional, que el libro había sido escrito con espacios ideográficos del chino mandarín, y citaban la dinastía. Este atrevido concepto ha hecho que expertos de todo el mundo deseen estudiar a fondo el libro, y hasta unos herejes propusieron una prueba con Carbono 14, sugiriendo que quizás el libro haya sido empezado en Mesopotamia hace unos once mil años, y Rodríguez Madrid solo le hubiese aportado sentido de actualidad y confusa musicalidad.
Mientras la diatriba sigue, yo concluyo su compleja biografía, satisfecho por mi vida, que no ha sido otra que ser el espacio entre palabras del más grande escritor de todos los tiempos.